“El mundo de principios de la década de 2020, por muy injusto que lo percibamos, es más igualitario que el de 1950 o el de 1900, que a su vez eran más igualitarios en muchos aspectos que el de 1850 o 1780”. Estas palabras son de uno de los mayores expertos en desigualdad, Thomas Piketty, y pueden leerse en su obra Una breve historia de la igualdad. En efecto, al menos desde el siglo XVIII, la historia de la humanidad ha sido la de la reducción de la desigualdad.
Sin embargo, como el propio Piketty afirma a continuación, no es suficiente. Y no lo es, al menos por tres razones. En primer lugar, porque la reducción de las brechas de la desigualdad ha sido limitada, especialmente conforme avanzaba la globalización, y hoy las cifras siguen siendo escalofriantes.
Las cuatro décadas previas a la globalización financiarizada habían conducido a unas desigualdades de renta y riqueza como no se veían desde la década de 1920. La mayor parte de los incrementos de renta real experimentados en el país (Estados Unidos) desde finales de los años setenta se habían acumulado en el 10% más rico de su población; la mitad más pobre prácticamente no había recibido ninguno. En términos reales, la mediana de renta de los varones en edad de trabajar era menor en 2016 que cuatro décadas antes. Desde 1980, el porcentaje de la renta nacional que percibía el 1% más rico de la población estadounidense se había duplicado hasta superar el que percibía la totalidad de la mitad más pobre del país.
En segundo lugar, porque las desigualdades son acumulativas. Existen brechas económicas, de género, territoriales, culturales, étnicas, digitales…: todas ellas son agravantes que se van acumulando el uno encima del otro. Y no olvidemos que las dos grandes revoluciones que tenemos en marcha- la tecnológica y la ecológica- pueden, si no se gestionan bajo parámetros de justicia social, multiplicar esas desigualdades.
Por último, tal y como recuerda Stiglitz, la desigualdad acaba generando un círculo vicioso: “La desigualdad es la causa y la consecuencia del fracaso del sistema político, y contribuye a la inestabilidad de nuestro sistema económico, lo que a su vez contribuye a aumentar la desigualdad”. En efecto, la desigualdad o, más bien las desigualdades- por su carácter múltiple, como se mencionaba anteriormente- fomentan la autoexclusión del sistema, dando lugar a fenómenos como el de “precariado político”, en donde puede observarse que, cuanto mayor es la desigualdad y la precariedad económica, mayores cotas alcanzan la abstención, la desconfianza, la desafección institucional y, en definitiva, el malestar. Cada vez es más frecuente que en los territorios, distritos o municipios de rentas más bajas se registren altos niveles de abstención. En consecuencia, quienes tienen que tomar decisiones políticas para acabar con las desigualdades dejan de prestar atención a quienes están menos presentes en la vida pública, en muchas ocasiones prácticamente invisibilizados y ninguneados. El círculo vicioso de la desigualdad se ha puesto en marcha y es difícil de parar. Y la brecha se sigue ensanchando.
En las últimas décadas la desigualdad económica se ha incrementado de manera constante en todo el mundo. Las cifras son aterradoras. No se trata de recopilarlas en su totalidad, sino de dar algunos datos que nos permitan dimensionar el problema. Disculpen la insistencia, pero merece la pena retener algunos números. El 10% más de la población mundial, 517 millones de personas, percibe actualmente el 52% del ingreso mundial, mientras que la mitad más pobre de la población, nada menos que 2.500 millones de personas, gana solo el 8,5%. En otras palabras, una persona del 10% superior tiene unos ingresos medios anuales de 87.200 euros, mientras que una del 50% más pobre percibe solamente 2.800. La mayor desigualdad se encuentra en África, América Latina y Asia. Oxfam ahonda en la misma dirección. Según pone de manifiesto en su trabajo Desigualdad S.A.: “La riqueza conjunta de los cinco milmillonarios más ricos del mundo se ha duplicado con creces desde el inicio de la década actual, mientras que la riqueza acumulada del 60% de la humanidad se ha reducido”. Un análisis de Economic Policy Institute muestra cómo, en 1965, el sueldo de los consejeros delegados en Estados Unidos multiplicaba por 21 el de un trabajador promedio, mientras que en 2023 esa ratio ya había llegado a 290. En España, según un estudio publicado por el periódico El País en 17 de mayo de 2025, los directivos mejor pagados del Ibex 35 ganaron de media 79 veces más que sus empleados.
Consecuencia de lo anterior es la concentración de riqueza, fenómeno que se está dando también e Europa. En España es incluso mayor que la concentración de ingresos: el 10% más rico tiene en sus manos el 57,6% del patrimonio total del país y el 1% de los superricos posee nada menos que el 25%. Los países europeos donde el 10% de los más ricos han aumentado más su riqueza son Bulgaria, Hungría, Italia y Dinamarca.
Estas cifras muestran la escasa capacidad redistributiva que tienen los Estados nación, incluidos aquellos que presumen de priorizar los criterios de cohesión social, lo cual repercute en el músculo del sector público y constituye uno de esos malestares que tanto nos preocupan. De ahí que cada vez estén tomando mayor protagonismo las propuestas que, junto a la distribución y la redistribución, ponen el foco también en la predistribución que suponen, por ejemplo, unos buenos sistemas educativos que dotan a las personas de capacidades, habilidades y conocimientos.
Diversos estudios muestran que una sociedad sin grandes desigualdades económicas es un componente necesario, aunque no suficiente, para generar la confianza que potencia el compromiso cívico, la participación política y una mayor adhesión a la democracia. Por el contrario, la desigualdad se muestra como un factor corrosivo para la confianza social y política. De ahí que sea necesario acudir a factores materiales y también a elementos inmateriales o emocionales para entender en toda su magnitud la desconfianza tanto social como política que hoy asola nuestras democracias.
(Cristina Monge. Contra el descontento. Editorial Paidós. Barcelona. 2026)